El reciente ganador del Premio Pritzker, Smiljan Radic, construyó su primera casa en Vilches. Y Alejandro Aravena, galardonado con el mismo reconocimiento el 2016, desarrolló el PRES de Constitución (por Rodrigo Contreras)
Frank Gehry fue el ganador del Premio Pritzker en 1989. Si no recuerdo mal, ese mismo año se consumaba mi fracaso en la carrera de arquitectura en la Universidad Católica del Norte en Antofagasta. Al año siguiente, con muchas dudas y la incredulidad de mis padres, iniciaba periodismo.
El 2016, cuando Alejandro Aravena se convertía en el primer chileno en recibir el Pritzker y el cuarto latinoamericano que lo ganaba, yo estaba a cargo del suplemento Temas de Diario El Centro.
Y hoy, 37 años después de abandonar maquetas y planos o de que maquetas y planos me abandonaran, Smiljan Radic se transforma en el segundo chileno en ganar el Nobel de la Arquitectura.
Arquitectura y periodismo no tienen, aparentemente, puntos en común. Pero aquí estoy, tratando de encontrarle la vuelta a la tuerca. No tenía las capacidades para ser un buen arquitecto. Pero eso no quita que pueda admirar la creatividad del oficio. Y creo que por ahí hay algo. Aunque no lo parezca, el periodismo necesita de la creatividad, hoy más que nunca, para atrapar o, mejor, seducir al lector. El punto de vista que le llaman.
Entonces, cuando me entero del premio a Smiljan Radic y de que un par de sus obras fueron proyectadas en el Maule, me pregunté si este dato correspondía a un hecho anecdótico o había algo más de fondo.
Los medios nacionales ya habían dicho lo obvio. Que se trataba del premio Nobel de la arquitectura. Que Radic se sumaba a Aravena como el segundo chileno en ganar el Pritzker. Que el Teatro Biobío, que la Viña Vik, que el pabellón de la Serpentine Gallery, que el Restaurante Mestizo, que la Casa Pite en Papudo y varias otras obras, en Chile y el extranjero, que le han dado a Radic un peso específico en la arquitectura chilena e internacional.
Pero a mí me interesaron, especialmente, la Casa para el poema del ángulo recto en Vilches (2013) y la Casa de cobre 2 (2005) en Talca.
Había historia. Pero antes digamos algunas cosas que unen y separan a Aravena y Radic. Ambos se titularon de la Pontificia Universidad Católica. Ambos ganan el Premio Pritzker. Durante un tiempo compartieron edificio con sus respectivos estudios en Santiago. Aravena es actualmente el presidente del jurado que entrega el reconocimiento, así es que podemos intuir alguna influencia de Aravena en la elección de Radic. Y, lo más importante para esta crónica, ambos han dejado huellas en el Maule.
Hasta ahí los puntos de encuentro. Pero en lo formal hay diferencias. Radic apuesta por una arquitectura más personal, más conceptual, más artística. En cambio Aravena es todoterreno. Analiza el encargo y busca soluciones. No tiene, por así decirlo, una agenda personal.
Partamos por Radic, el último Pritzker. La relación con el Maule no es anecdótica. Su esposa, Marcela Correa, escultora, pertenece a una familia con terrenos en Vilches. Fue en esta localidad precordillerana donde Radic y Correa establecieron su taller creativo desarrollando distintos proyectos. Un reportaje en la Revista Ambientes establece que cinco casas fueron creadas o intervenidas por Radic y su familia en ese sector junto a un cerro de basalto. Y lo define como un “refugio aislado cuyo acceso supone un esfuerzo que lo denota como terreno particular, de un carácter íntimo”.
En Vilches el matrimonio diseñó y construyó, literalmente, con materiales reciclados, su primer proyecto, la Casa Chica (1997). Y con el tiempo fueron experimentando, siempre bajo el concepto de refugio, en medio de la naturaleza del bosque precordillerano y la piedra basalto. Se sumó la Casa A que, derribada por el terremoto del 2010, dio paso a la Casa para el poema del ángulo recto.
Vilches, o más bien la necesidad de habitar la naturaleza de Vilches como espacio de experimentación, fue donde Radic y su esposa dieron vida a una parte importante de su concepción de la arquitectura y el arte.
Marcela Correa describe esa experiencia en una entrevista citada en un trabajo de fin de grado de una egresada de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid: “Hubo una obra, la Casa Chica, en la que nos quedó muy pobre el hormigón, era una verdadera gruta, se nos llovían las paredes. Un refugio de piedra que ahora se transformó en una piscina. Esa fue nuestra primera casa que construimos juntos, estaba en un terreno que era de mi familia donde también se ubica la Casa A. Cuando nos hicimos un viaje, Smiljan todavía no conocía el lugar, yo le hablé mucho de él durante el viaje. Cuando volvimos a Chile y fuimos a Vilches planteamos la casa y la hicimos muy pronto. Fue nuestro lugar, por hartos años. Pero la hicimos con nuestras manos”.
Fuera de Vilches, Radic proyectó cerca de Talca la Casa de Cobre 2 (2005), un encargo de un familiar de Marcela Correa. Radic buscó un maestro al que fue guiando para trabajar las planchas de cobre. Esta manera de construir, en relación directa con los maestros, es una forma que Radic también utilizó en Vilches. Es sus propias palabras, citado en uno de los muchos trabajos que han abordado su obra: “Son todas cosas bastante pequeñas, manipulables en el sentido que estaban hechas por un maestro, que era en cierta forma mi brazo ejecutivo”.
Y de la precordillera y el valle central a la costa. El Nobel de Arquitectura alcanza para todo el Maule. Alejandro Aravena, el Pritzker del 2016, a través de su Estudio Elemental, lideró el Plan de Reconstrucción Sustentable de Constitución tras el terremoto y tsunami del 2010. Destacan dentro de este amplio plan, el parque de mitigación, el Centro Cultural y la Villa Verde.
Si ya es extraordinario que un país pequeño como Chile tenga dos arquitectos premiados con el Pritzker, lo es aún más que tanto Radic como Aravena tengan huellas en el Maule.
La creatividad deja huellas. Refugios, casas, parques y teatros. También una crónica avispada. Y un refugio en Curtiduría.









