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SIN CORDILLERA EN LOS ANDES por Franco Caballero

La libertad de la escritura nos habla y nos hace hablar sin reglas, ligeras como estas brisas nocturnas del final del verano, actualizantes del aire, eterno elemento de la naturaleza, tan antiguo y fundamental como una buena respiración profunda. El aire “envuelve todas las cosas y las transforma unas en otras” dice H. Giannini aludiendo al filósofo Anaxímenes, filósofo del aire como arjé, principio de todo. Giannini tiene apellido de argentino, pero es chileno -otro gran Humberto de nuestra historia.

Pensaba el otro día que cuando uno habla como argentino se distiende más, se suelta el sujetador de espaldas que tenemos. Y se nos hace tan fácil hablar argentino, a ellos no les pasa lo mismo está clarísimo (argentinismo). Décadas viviendo acá y todavía shoshean, en cambio nosotros al tercer día allá se nos empieza a salir solito, ya sea en el tono o en la palabra que se usa (quizás sea por la costumbre de ver jugadores de futbol trasandinos en nuestra liga). Siguiendo a Anaxímenes, el aire es un unificador, mantiene unido al cosmos y al alma del cuerpo; ante ello las ideas de fusión surgen y con el avance globalizante no se torna increíble pensar en la unión de dos países. Es decir que podríamos negociar con los vecinos albicelestes, nos quedamos con su forma de ser, que ellos organicen el fútbol, las industrias musicales y todo lo que quieran, pero nos llamamos Chile, usamos su bandera incluso -que es mucho más parecida a la bandera de José Miguel Carrera además, con colores autóctonos del cono sur. Nos quedaríamos con Maradona. Una fusión lo más justa posible, nosotros aportamos estabilidad y todo nuestro sistema empresarial que anhelan los votantes de Milei, además con el sindicalismo de los pibes favorecería la socialdemocracia. Habría que hacerlo antes de que el desenfreno capitalista haga de todas las naciones unas empresas que se compren entre unas y otras. Así como que Brasil se levante y compre todo Sudamérica, tendríamos inmediatamente 5 copas del mundo.

Una brisa de realidad nos dice que detrás de las dos propuestas constitucionales queda la imagen de un Chile consolidado empresarialmente, se nota incluso en el rebote juvenil que ha dado el presidente hasta el momento que más que intentar terminar con el Chile S.A. como él mismo auguraba, ventiló un poquito más las finanzas a la cultura y otros tiernos gestos sociales, pero acabar con la empresa-país ni hablar.

La fusión Chilentina tiene el problema del orgullo, la peor de las pasiones dice el Eneagrama. Imagínense irnos a quiebra, que nos compre México y nos obligue la policía y el derecho, carabineros del Estado moderno, a hablar cantadote para pedir un crédito en el banco. Brutal, por eso es mejor, en este mundo ficticio, fusionarse antes que andar comprándose. La democracia actual incluso, tiene que ver más con negociados que con representaciones, de hecho, el filósofo Badiou cree que no hay democracia, pues piensa que el concepto está contaminado, prefiere hablar de «consensos».

En cualquier caso, si dejásemos de llamarnos Chile, algo habría que hacer con el 61% de la población que se siente orgulloso de ser chilenos (Estudio Orgullo Chileno, 2023), pero cuando se está en crisis la bandera y toda la imagenología patriótica creo que se subordina a la necesidad de salvación, aunque el arjé político del orgullo nacional reafirme la autonomía aún en el peor de los casos.

La ficción del cuento político inventado unifica el cono sur bajo un mismo nombre, bajo una sola bandera, de Jujuy a Punta Arenas, pero no deja de ser una brisa pasajera en la noche imaginada. Me recuerda un antiguo chiste del Eneagrama de la personalidad, que ha divulgado académicamente el chileno Claudio Naranjo -a propósito del orgullo nacional- es un chiste del eneatipo 2, cuya pasión es el orgullo: Una científica de gran inteligencia se enamora de un joven modelo de gran belleza, ella le dice “mi amor, desde ahora seremos uno solo” a lo que él espeta “está bien, pero ¿cuál de los dos seremos?”

Franco Caballero Vásquez

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