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«Talca en tiempos del cólera» por Jaime González Colville

Carreta fúnebre cargando cuerpos para llevar al cementerio. A veces de tres o cinco a la vez.

Si los términos “cordón sanitario”, “cuarentena”, “fumigación”, “medidas de higiene” le parecen surgidas en los últimos tres años, es necesario precisar que éstas y otras medidas se utilizaron profusamente hace 135 años cuando apareció el cólera en Chile, se le dio como origen el Asia (y se le denominó asiático) aun cuando llegó desde la Argentina, causando un verdadero terror en la sociedad de ese tiempo. El surgimiento más virulento es en 1887 (gobierno de Balmaceda) y apareció en Talca pese a las medidas de todo tipo que intentó asumir la autoridad de la época.

Hoy se sabe que el origen de la enfermedad está en el agua contaminada y alimentos (especialmente frutas) mal lavadas. La infección logró ser identificada en 1854 por el investigador Filippo Pacini y la atribuyó a la bacteria Vibrio cholerae.

En el siglo XIX, a contar de 1886 la epidemia cobró miles de infectados y numerosas muertes. Primero apareció en Valparaíso y luego se extendió por Melipilla y Rancagua, avanzando hacia el sur y llegar a Talca.

Un dato curioso: pese a las pestes y enfermedades que afectaban a Chile, en esa época no existía Ministerio de Salud, el que sólo se creó en 1924

 Jaime González Colville. Academia Chilena de la Historia (De “Historia General de Talca”, en preparación)

Un lazareto. El sacerdote bendice a discreta distancia a los enfermos.

En Santiago el 7 de enero de 1887 se creó un comité ejecutivo para tomar medidas sanitarias: lo presidía el Intendente, e integraban el Arzobispo de Santiago, el Alcalde, el Presidente de la Junta de Beneficencia, el decano de la Facultad de Medicina José Joaquín Aguirre, el Superintendente del Cuerpo de Bomberos y tres vecinos elegidos. Tal como el lector debió observar, uno solo de los miembros era médico.

Desde luego, los medicamentos y tratamientos eran de diverso tipo y algunos tal vez disparatados, pero lo único cierto fueron la construcción de lazaretos y cementerios “para coléricos” donde, al igual que ahora con el Covid, la sepultación era inmediata una vez ocurrido el deceso.

EL CÓLERA EN TALCA

En enero de 1884, alguien, un vecino de Talca, de nombre Manuel Jesús Rojas, dijo haber descubierto una vertiente de aguas “milagrosas” y sanadoras detrás del edificio donde funcionaba el Seminario San Pelayo.

Aseguraba este sujeto que su hermana, quien padecía de cierto mal, había logrado alivio tras beberlas. Las aguas eran amarillentas, de sabor no muy grato y olor similar. Pero muchos (“muchedumbres” refiere el periódico La Libertad de enero de ese año) acudieron al lugar a darse baños, tomarlas, o curarse algunas llagas. Se le llamó “agua milagrosa de San José”. Sin embargo, la autoridad sanitaria, tras hacer examinar aquella vertiente, en especial el Dr. José Fortunato Rojas, resolvieron prohibir su uso de cualquier forma.

Ahora bien, como un acto premonitorio de lo que vendría, el 1 enero de 1887 se inauguraron los dos “nuevos hospitales” de Talca, división que se hacía de un solo edificio en sección hombres y mujeres. Este inmueble, cuya construcción duró catorce años estuvo en pie hasta el terremoto de 1928 en el mismo lugar en que se ubica el actual y que, a su vez, reemplazó al terminado en 1941 y que duró hasta el sismo del 2010. Madrina del establecimiento fue designada doña Esperanza Opazo, quien fuera dueña de las Termas de Panimávida.

El antiguo hospital de la Dos Oriente sería sacado de uso. Pero los sucesos siguientes dijeron otra cosa.

APARECE LA EPIDEMIA

Cinco o seis días después de estas auspiciosas noticias sanitarias, se advirtió a la población de la llegada del “cólera asiático” a la zona. Se dijo que ante los primeros síntomas de vómitos o diarrea “los pobres” se dirigieran al Cuartel de Bomberos o a la Intendencia, donde se les atendería. Para los más graves, se inició de inmediato la construcción de un lazareto al poniente de la Alameda (cercanías del río Claro, en esa época despoblado).

Los medicamentos prescritos fueron tan extraños como peligrosos: “licor de acetato de amoniaco”, hoy utilizado en análisis químicos y conservación de la carne. Se recomendaba acompañarlos de “una o dos cucharaditas de aguardiente de uva, cognac o ron”, según fuesen las preferencias del paciente.

Se agregaba a ello polvos de Dover (“veinte centígrados por cada dosis y cada hora”), sustancia creada por un capitán inglés, Thomas Dover y se suponía era un somnífero. Se incluían los “papelillos del Dr. Casteñé”, y la indicación de abrigar bastante al enfermo, con ladrillos calientes en la cama para “hacerlo transpirar”. Para limpiar los artefactos usados por el enfermo, se recomendaba sulfato de cobre, hoy reconocido como tóxico e irritante.

Ante el avance de la enfermedad, y por no contarse aún con el lazareto (el que era construido por los bomberos) los enfermos menos graves se dejaban en sus casas donde acudía la comisión médica a visitarlos.

Como el Cuerpo Médico de Valparaíso y Santiago recomendara bañarse diariamente, surgieron distintas ofertas de este servicio: don Jesús M. García, bajo el título de “No más cólera”, anunciaba en la prensa que estaban “terminadas las importantes mejoras en los puquios 7 Oriente, acreditados por la pureza de su agua”.

Por su parte, “al poniente de Puente Piduco”, se abrió “un establecimiento hidroterápico”, con duchas, baños tibios de tina y medicinales de todas clases “a la temperatura que se pida”. Agregaba el aviso que habían “baños de natación de primera clase para señoras y caballeros, y de segunda clase para mujeres a cinco centavos”.

Como la infección aumentaba en contagios, debió habilitarse el antiguo hospital de la Dos Oriente, a cargo del Dr. Crisólogo Molina además de los facultativos Dres. Carlos Prieto y Manuel Plaza. A estos profesionales se sumaban los médicos Santiago Letelier, Jenaro Contardo, Saladino Rodríguez y Fortunato Rojas, además del químico farmacéutico Clodomiro Gutiérrez. Se contaba con una ambulancia a cargo de bomberos.

Por su parte el Dr. Juan Manuel Salamanca hizo algunas observaciones y recomendaciones sobre el manejo del cólera, las cuales fueron tomadas en cuenta por Junta de Higiene de Santiago.

Pero las medidas sanitarias aún no eran suficientes. Todo debía improvisarse ante la falta de directrices del gobierno. En enero de 1887 el Intendente Eulogio Allendes dictó una resolución nombrando a don Enrique Castro “inspector de líquidos y de las sustancias solidas alimenticias que se expenden fuera del Mercado o plaza de abastos”.

LOS CONSEJOS DEL DR. UGARTE

El Dr. Isaac Ugarte Gutiérrez, en una Cartilla publicada en Santiago en 1887 (Profilaxia del Cólera, Imprenta Victoria, 1887) estuvo cercano a las causas de la enfermedad al atribuirla a una infección digestiva, recomendando el lavado de manos “con jabón”, evitar contacto con acequias y “hervir el agua antes de beberla”, como también la cocción de frutas y verduras en lo posible. Esta “Cartilla” fue difundida en La Libertad de Talca del 8 de enero de 1887.

Esto impulsó a muchas empresas talquinas a ofrecer “agua cocida” a quien lo necesitara, disponiéndola en envases de varios litros. Fue una atinada medida.

EL APOYO DE LA SOCIEDAD

Los integrantes de la Colonia Española se pusieron a disposición de las autoridades para vigilar la propiedad privada e integrar las brigadas sanitarias. Las damas de este organismo, ya muy afianzado en Talca, organizaron la Cruz Roja y acudieron al lazareto y a los hospitales donde estaban los enfermos. Consiguieron sábanas, vendas, útiles de aseo y alimentación.

Para cumplir con su humanitaria labor, contaron con el apoyo de los doctores Salvador Feliú Gana y Ramón Iturriaga. Se instalaron en el barrio norte de la Alameda donde habilitaron una ambulancia presta a acudir a cualquier llamado. El ciudadano español Alberto Ojier facilitó dos coches con caballos mientras durara la epidemia. Varios miembros de la entidad hispana y las autoridades locales, colaboraron para ubicar un terreno, al otro lado del rio Claro para habilitar un cementerio “de coléricos”, logrando la colaboración de don Francisco Vergara Rencoret.

Sin embargo, otro grupo de damas, resolvió fundar La Cruz Blanca, encabezada por Deidamia Baeza de Barros, María de la Luz Cruz de Antúnez, Delfina Garcés, entre otras. Esta organización instaló una “olla del pobre” para dar alimento a los más necesitados.

El lazareto, que ya estaba habilitado, contaba con dos médicos residentes que se iban turnando, un farmacéutico y cuatro practicantes, cuatro monjas de la Caridad, un Capellán, doce enfermeros (mitad hombres y mitad mujeres), un cocinero, ayudante y lavanderos.

Pero afuera de este recinto, estaban los carros con seis sepultureros, para conducir a los fallecidos, apenas expiraban (e independiente de la hora que fuere) al cementerio, en un lúgubre y escaso cortejo.

LA PUGNA POR LOS CORDONES SANITARIOS

El gobierno dispuso un cordón sanitario en Panguilemo para evitar la llegada de infectados a Talca. Esta ciudad pidió tomar igual medida, pero las autoridades no respondieron.

Sin embargo, por presiones de familias santiaguinas, que optaron por huir de “los malsanos aires de la capital” para refugiarse en Talca, el gobierno de Balmaceda trasladó el cordón sanitario desde Panguilemo al río Maule, “en un sentimiento infame de animadversión al pueblo de Talca”. Hasta ese instante, la prensa del país había criticado duramente la gestión oficial en la crisis sanitaria, al extremo de afirmarse en editoriales que “se estaba entregando a pueblos enteros a la destrucción y la muerte”.

Entonces, la autoridad central resolvió dejar una cuarentena en Panguilemo, para los pasajeros de primera clase y otra en Peumo, cerca de Maule, para los de segunda y tercera. “Esto quiere decir – decía La Libertad del 5 de febrero de 1887 – que se deja estrechado a Talca entre dos depósitos de coléricos y que se deja amplia libertad a los pasajeros de segunda y tercera clases, es decir los más peligrosos, para llegar a este pueblo sin tomar medida precautoria alguna”.

El cólera, que permaneció varios meses en la zona (con dos o tres rebrotes) causó más de mil muertos, número excesivo para los habitantes de entonces. Pero Talca supo enfrentar con los escasos medios y poco útiles medicamentos, aquella olvidada tragedia sanitaria.

GALERÍA DE FOTOS

Frasco de uno de los medicamentos utilizados contra el cólera y de poca clara utilidad.
Medicamento promocionado en Talca, en 1887.
Aviso de prensa en Talca en 1887, cuando se creía que los baños curaban el cólera.
Ayer como hoy, casos nuevos, de alta y fallecidos.
Baños de azufre y otras recomendaciones contra el cólera. Muchos morían con el tratamiento y no por la epidemia.
Información diaria de la situación de la epidemia en Talca, en 1887.
Imágenes que reflejaban la aparición del cólera en 1887.
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