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VOLVER AL OCIO PARA FUNDAR FUTURO por Franco Caballero Vásquez

La brisa fresca del verano me interviene y complace mejor mis comprensiones de disfrute, me hace sentir menos culpa por no estar esforzándome y trabajando en permanente. Ya sabemos: las culpas, la procrastinación, y todos los síntomas de nuestro paradigma de productividad que nos atenta. La concepción racionalista que al mismo tiempo es una salvación para no morir en el sinsentido de la dominación de las emociones, pero que requiere equilibrarse a favor del valor del ocio y la recreación en nuestras vidas.

Escucho música y en cada melodía elevo el sentimiento como me lo permite el periodo estival. Estoy en mi tiempo vacacional donde me sirvo del ocio y el descanso, para cargarme como una pila. Me hago ángel del demonio y desapego a la idea de “romperse el lomo”. Total, ya podemos deconstruir la idea del éxito. Podemos desaprender la ilusión del ganador en la vida. Ya abrimos la comprensión ciudadana en pos del bienestar y la buena calidad para vivir en colaboración. Estamos al tanto de los efectos en la salud mental que provoca la construcción del trabajo en virtud de la ambición y la idea de adquisición financiera que se impulsó cuando el capitalismo era el paradigma.

Cuando se derroca la idea de la ambición el trabajo no es un enemigo, ni un desmotivador, sino que incluso puede ser un placer y una sana dedicación, porque primero estoy yo y luego él. Quizás comience la tendencia donde primero está la persona, ante todo. El trabajo se hace parte de mí, no yo de él. Soy yo quien avanza y es él quien me sigue. Soy mi perfil de Linkedin, donde agrego mis funciones, y el trabajo pasa a ser un antecedente más. Así se abre paso el nuevo capital, el capital humano.

Desde esta perspectiva, no importaría tanto de qué universidad o instituto egreses, sino que más bien quién eres tú como persona. Implicaría entonces la determinante de la formación personal antes que la formación académica, apuntando a que la crianza valórica adquiriría mayores relevancias en el mundo de las “competencias”. Incluso no solo de tu crianza, la cual depende de tus externalidades, sino de tu formación personal, la cual depende de ti y en cuánto o cómo te has ido educando y desarrollando tú mismo.

Nuevamente encontramos otro buen argumento para el fundamento de la formación personal, en la que justamente se entabla el camino hacia la libertad, donde pensamos y actuamos desde nuestros criterios centrales. Auto cultivando el valor de lo nuestro, para hacer de la persona que nos tocó interpretar, un buen ser humano. Esto nos indica que radica una responsabilidad personal para con nosotros mismos, que repercute en la sociedad, y que adjudica importancias a la necesidad de auto educarse.

El asunto es que incluso ya se convierte en una responsabilidad ética tener que cumplir con el deber de auto formarse, para al menos satisfacer las necesidades actuales que se han ido afinando bastante en comparación a los tiempos de otras generaciones en las que bromear o no aceptar las diversidades estaba naturalizado. Por dar algún ejemplo. O aquella anticuada idea de producir mis pensamientos según los medios que consumo, contrario a las reflexiones que me otorga mi ocio verdadero y mi espacio de construcción de criterios, inspiradas por lo consumido.

Por ello la importancia del ocio se fortalece. El valor de la creatividad, del pensamiento reflexivo, de la productividad de la imaginación, comienza a cobrar un nuevo peso. Por supuesto que el ocio bien comprendido, no aquel que nos mantiene absortos de nuestras capacidades como el celular. Absorber concepciones de lo que para cada quien represente la belleza o la diversión de alguna cosa contribuye al ejercicio ocioso, que requiere sin duda de la voluntad de participar de dicho espacio.

Oigo el sonido de una brisa y pienso en la edad de oro de la Grecia antigua, donde el ocio fue una virtud y construyó nuevos pensares que abrieron los horizontes hacia un nuevo mundo. ¿Seremos hoy un cascarón que se abre? Como el “Amanecer junto al océano” de Vladimir Kush. O como la escultura “El nacimiento del yo” de Tótila Albert.
Nos podemos convertir en amos de nuestro destino y capitanes de nuestras almas tal como versa el poema Invictus de W. E. Henley, reencontrándonos con el principio interno que nos evoluciona y conduce a reformar las sociedades, volviendo a nosotros, para parir los nuevos valores de la humanidad del mañana.

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