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¿YA LLEGAMOS, YA LLEGAMOS? por Juan Carlos Pérez de La Maza

Si el Lector es de aquellos que ha emprendido, alguna vez, un largo viaje en pos del descanso y el relajo que prometen las vacaciones, ha de recordar las pequeñas vocecitas que, cada pocos minutos, preguntaban si ya se ha llegado a aquel destino.

¿Ya llegamos, ya llegamos? dicen, también, quienes avizoran el futuro. Algunos con anhelos impacientes, otros con augurios recelosos. Todos, mirando hacia delante tratando de encontrar allí lo que ansían o lo que temen. Sabemos que el porvenir puede ser un lugar de sueños, pero también de pesadillas. ¿Ya llegamos?

Hace poco, observando los dramáticos sucesos ecuatorianos y teniendo a la vista las cifras del delito en nuestro país, algunos se atrevieron a vaticinar que, de no mediar un vuelco formidable, más temprano que tarde nos convertiríamos en Ecuador. Dijeron que vamos, irrefrenablemente, a transformarnos en una sociedad en que el crimen organizado, las bandas y los carteles delictuales controlan la agenda de seguridad del país. Una sociedad en que el narcotráfico, el secuestro y la extorsión son los “emprendimientos” más lucrativos. Una sociedad en que la calle o la cárcel han sustituido a la sala de clases como la instancia formadora de la juventud. Una sociedad en la que se celebra con más ganas los funerales que los nacimientos y en la que se proteje con más celo a los delincuentes (a quienes se concede pensiones), que a los niños y jovenes (ya son siete los niños asesinados en menos de 2 meses). Dijeron que, de no cambiar absolutamente lo que hacemos hasta ahora, nuestra sociedad observará dolorida cómo sus valores, sus instituciones y sus gentes, se pierden en el estruendo de los fuegos artificiales que anuncian drogas, las balaceras que ajustan cuentas y las sirenas de ambulancias, que trasladan las víctimas consiguientes. Hacia allá nos dirijimos, presagiaron algunos.

Mientras, las autoridades, que saben del tema y por eso son autoridades, dicen que no estamos ni cerca de convertirnos en un simil de la sociedad ecuatoriana, ni colombiana ni, menos, la venezolana. Por eso, y para evitar la importación de conductas delictuales, han instalado megáfonos para disuadir a los facinerosos que intentan traspasar nuestra fronteras. Además, los recintos aduaneros sólo funcionan hasta las 6 de la tarde, para evitar la oscuridad que, sabemos, ampara el delito. También se ha firmado un convenio con las más altas autoridades venezolanas, para impedir que ese régimen nos exporte malandrines y se comprometa, en la medida de lo posible, a recibir de vuelta a algunos rufianes. Ellos (los gobernantes venezolanos) comprometieron su honor y su palabra. Que es bastante.

Oportunamente, los encargados de la seguridad pública chilena han dado a conocer algunas cifras. Estadísticas que demuestran (para eso son las estadísticas, para demostrar) de manera irrefutable e irrebatible, que el delito ha disminuido en Chile. Y que la inseguridad es tan sólo una sensación, una percepción subjetiva que no se condice con las cifras, que son frías y categóricas. Para ello, se ha entregado un estudio que compara el primer semestre del año pasado (2023) con el primer semestre del antepasado (2022). Y allí puede observarse un descenso de la criminalidad que tanto preocupa a a ciudadanía. Por lo anterior, han señalado las autoridades que, repito, saben del tema y por eso están allí, la criminalidad ha disminuido en las calles y barrios del país. Y que la impresión y el sobresalto que tanto embargan a los compatriotas, no tiene justificación estadística alguna.

Por tanto, y en conclusión, los chilenos y chilenas debiéramos caminar tranquilos y seguros, amparados por la estadística, que todos sabemos que es una ciencia exacta. Y, protegidos por las variadas estrategias antidelictuales desplegadas por el Supremo Gobierno, disfrutar de las vacaciones y deslizarnos con serena elegancia hacia nuestro futuro destino, cualquiera que sea, sin molestar ni preguntar a cada rato si ya llegamos a él. Hay que confiar en el conductor, que para eso está, para conducirnos. Sin pausa, sin prisa y sin temor.  ¿O no?

Juan Carlos Pérez de La Maza

Licenciado en Historia

Egresado de Derecho

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