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EL FRACASO DE LA CONVENCIÓN por Juan Carlos Pérez de la Maza

Fuera de toda polémica, lo que ha quedado claro en estos días es el fracaso rotundo de la Convención Constitucional. Lo anterior puede ser doloroso si consideramos el ambiente histórico en que se generó el proceso constituyente. Las expectativas y esperanzas de aquellos últimos meses de 2019, sumadas a la inusitada mayoría ciudadana que inició el camino constitucional, no merecían el epílogo triste, solitario y final, marcado por el inminente rechazo ciudadano del próximo domingo.

Es que el mandato, como pocas veces, era de una claridad meridiana: la Convención debía redactar una Constitución que, junto con asumir diferencias y diversidades, nos uniera tras tanto tiempo de discordias.  La “casa de todos” era una definición inmejorable. Los Convencionistas tenían que procurar la redacción de una Carta Magna que se hiciera cargo de carencias, deudas y expectativas, conjugándolas con la estrechez de los recursos y la realidad de lo posible. Al utópico slogan “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, debían contraponer el sabio pragmatismo de Aylwin “… en la medida de lo posible”.  Pero no lo hicieron.   Sea por ignorancia, de algunos, sea por impericia, de otros, sea por la soberbia, de muchos, el proyecto elaborado y que se someterá a nuestro sufragio el próximo domingo no es, ni cerca siquiera, lo que esperábamos.

El proyecto sometido a la evaluación ciudadana no logra, a veces ni siquiera lo intenta, satisfacer el mandato otorgado a la Convención. Queríamos una Ley Fundamental que nos permitiera avanzar en el siglo XXI, pero nos entregaron un documento inspirado en los ’60 del siglo pasado. Deseábamos una Constitución que reconociera nuestra libertad y asegurará nuestra igualdad, y redactaron un proyecto pleno de estatismo y discriminación indigenista. Anhelábamos una Carta Magna que protegiera a los niños y resguardara a los ancianos y nos presentan un proyecto que incluye el derecho al aborto libre y a la eutanasia. Pretendíamos tener una Constitución flexible y sin cerrojos y nos entregaron un proyecto casi pétreo, que para reformarlo requiere hasta consulta indígena. Si la Carta actual podría definirse como conservadora en lo valórico, el proyecto es liberal en extremo. Si la actual Ley Fundamental fue criticada por conferir al Ejecutivo poderes muy amplios, el proyecto presentado expande hasta el desequilibrio las facultades de la Cámara. Si la Constitución vigente esboza una sociedad individualista, el proyecto perpetrado por la Convención diseña una sociedad agobiantemente estatista.

Por todo lo anterior, y más, el próximo domingo, cuando comience a atardecer, la elocuencia de las cifras describirá la frustración de millones de chilenos que, esperanzados, creyeron que esta sería la oportunidad de ser escuchados. Que esta sería, por fin, la ocasión en que el pueblo, directamente, escribiría su Ley Fundamental. Pero la atrevida ignorancia de algunos y la enceguecedora soberbia, de otros, pudieron más que los anhelos populares. La Convención no escuchó al pueblo que decía representar. Ni consideró sus iniciativas ciudadanas ni sus propuestas populares. Y, quienes actúan así, sólo pueden fracasar.

Porque el fracaso es de ellos. De quienes creyeron que se les había encomendado refundar Chile. De los que se sintieron llamados a diseñar la sociedad de nuevo. Y, con una voluntad casi mesiánica, quisieron redimirnos de los pecados provenientes de una tradición que abominaron. Ellos, los que quisieron dejar atrás una Historia, que no conocen pero que cuestionan, que despreciaron el Himno nacional y querían remplazar nuestra bandera, serán los que, a partir de la próxima semana, quedarán en el olvido. Y el proyecto que redactaron, una curiosidad del realismo mágico latinoamericano que, cada tanto, nos hace creer que la simple voluntad de unos pocos, puede crear una sociedad mejor que la lograda con el esfuerzo de tantos.

Desde el próximo domingo, la Convención de los sahumerios, los disfraces y las votaciones desde la ducha será, nada más, una mera anécdota. A veces cómica, otras veces triste, casi siempre trágica y finalmente amarga. Olvidable.

Juan Carlos Pérez de La Maza

Licenciado en Historia

Egresado de Derecho

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