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EL MAQUIAVELISMO DE PUTIN AL DESNUDO por Rodolfo Schmal

Si bien se veía venir, también había una cierta confianza de que no pasaría a mayores. Sin embargo, finalmente Rusia, de la mano de Putin, decidió emprender la aventura de ir a la guerra invadiendo sin asco alguno Ucrania. Se sabe cuándo y dónde empieza una guerra, pero no cuándo ni cómo se termina. El tiempo de las amenazas de lado y lado terminó para iniciarse un período cuyos ribetes desconocemos, pero que de seguro serán de alto costo no solo para los involucrados, sino que para todo el mundo. Los únicos que deben estar sobándose las manos, son los empresarios de la industria de armamentos que viven de las guerras. Los rusos decidieron tomar el toro por las astas y decir basta a las pretensiones independentistas de Ucrania. La acción rusa es un fiel reflejo de su intento de reverdecer laureles, de tiempos hegemónicos, tiempos de la URSS. Putin, con su pasado en la policía secreta, ha resuelto hacerse responsable de gatillar una guerra que nadie se esperaba. Afirma hacerlo en aras de los intereses rusos amagados.

En honor a la realidad, Putin se lanza al vacío dada la debilidad en que se encuentra internamente donde los problemas económicos reflejados en la desvalorización de su moneda, el rublo. Para zafar no encuentra nada mejor que involucrar al país en una aventura externa inflamada de nacionalismo ruso. Lo mismo que hizo en su momento Galtieri en Argentina cuando decidió invadir las islas Malvinas para sacarse de encima los problemas económicos y sacarle el jugo a nacionalismo argentino. Fue por lana y salió trasquilado.

El maquiavelismo de Putin tiene antecedentes no solo por su rol en la KGB de la URSS, sino por su intervención en las elecciones norteamericanas que hicieron posible el triunfo de Trump por sobre Hillary. En esa oportunidad el espionaje ruso jugó un papel clave.

Y ahora se lanza a la guerra luego de simular una retirada de sus tropas estacionadas en la frontera con Ucrania. Es claro que a Putin no le hace gracia que Rusia se vea rodeada de un conjunto de países que fueron parte de la URSS, y que ahora pretendan hacerse parte de la Unión Europea (UE), y menos aún que estén al amparo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Recordemos que la OTAN era la otra cara de la moneda del Tratado de Varsovia, pacto militar contraído por la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) con los países satélites comunistas, entre los que se encontraban Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Rumanía, entre otros. Todo eso se derrumbó a partir de la caída del muro de Berlín. Y ahora Putin pareciera que aspira a reverdecerlo para contrarrestar a la OTAN.

Hasta el día de hoy a Putin le pesa la desaparición de la URSS, y de hecho la califica como una de las mayores tragedias del siglo pasado. No solo no le causa gracia alguna, sino que le resulta insoportable. No olvidemos que, en 2014, en un dos por tres, Rusia se anexó la península de Crimea que pertenecía a Ucrania sin que la Unión Europea y EE. UU. reaccionaran más allá de reclamar para la galería. Rusia no está dispuesta a perder lo que fue su área de influencia y que de alguna manera sigue siéndolo.

El apetito sobre Ucrania se explica no solo por su estratégica posición geopolítica. Es un país con más de 40 millones de habitantes que ocupa una no despreciable superficie geográfica. En el ámbito de la minería cuenta con importantes reservas de mineral de titanio, de manganeso, de mercurio, de carbón; en el ámbito de la agricultura es un país que dispone de una gran superficie cultivable, con una elevada producción de trigo, girasol y aceite de girasol, de cebada, de maíz, de papas, de centeno, que le permite responder no solo las necesidades de alimentos de su población, sino que posee excedentes para la exportación. A ello se agrega la disponibilidad de una importante infraestructura industrial, gasífera, y de transporte ferroviario.

Como puede verse, Ucrania no es cualquier país, de ahí su desgracia de ser hoy el escenario en el que confluyen los más variados intereses. Su autonomía e independencia de cualquier pretensión imperial es esencial. Hace bien nuestro presidente electo, Boric, al condenar la invasión a Ucrania y solidarizar con las víctimas. En esto, como en tantas otras cosas, es imprescindible ser de una única línea, sin dobles estándares.

Rodolfo Schmal S.

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