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REPORTAJE: Mi casa debajo de una pasarela

La calle fuerza el ingenio. Enrique lo tiene claro. A pulso a construido su “ruco” debajo de una pasarela cerca del Crea. Consume drogas. Roba. Pero la calle no le ha quitado la ilusión de salir de todo eso. Junto a Celeste, su pareja, sueña con encontrar trabajo y la casa propia (Texto y fotografías: Rodrigo Contreras Vergara)

Escribo la historia de Enrique y Celeste. Y de Rosario y Julio.

Pretendía mínimamente contar una historia. Mostrar que no son fantasmas, espectros que caminan entre nosotros o que se acurrucan en puntos ciegos de una ciudad sin vías de escape. Que son de carne y hueso, que existen, aunque nos hagamos los tontos para no sentirnos culpables. Ahora que un “ruco” es noticia, al igual que una carpa en una plaza. Y resulta que es imposible contar esta historia sin sentirse culpable.

Historias mínimas viajando por la soledad del mundo moderno, una Patagonia que no termina al sur del mundo, que avanza hacia atrás, metiéndose en cada agujero, anidando entre neuronas que pretenden no existir. Pero existen y retumban en silencio.

Enrique tiene 48 años y vive en un cuarto que prefiere llamar hogar y no choza, debajo de una escalera que une la pasarela de la 4 Norte con 11 Oriente, esquina nororiente del Crea. Es como sufrir un supermercado justo en la puerta de la casa.

Dos sujetos sentados afuera de uno de los baños del Crea aportan algunos datos. Uno de ellos asegura que nunca han tenido grandes problemas con las personas que habitan los cuartos artesanales y las carpas cercanas. Porque a los “rucos” ubicados debajo de la escalera, construidos por Enrique, se suman las carpas levantadas a la orilla de la línea férrea. El otro se queja porque a veces ocupan a su antojo el agua del baño. También que hay consumo de droga, acusan ambos.

ACOGEDOR, PESE A TODO

“Yo soy drogadicto”, dice Enrique como si contara una anécdota. Pasta base y marihuana. De hecho, llegó al lugar para drogarse. Fue hace más de dos años. Armó el “ruco” y lo fue arreglando con el tiempo. Ingenio puro. Aprovecha la estructura de la pasarela como techo, a lo que suma algunas tablas que protegen un breve pasillo que comunica a otro cuarto que ocupan Rosario y Julio. En el interior de la habitación de Enrique una base de la pasarela hace las veces de repisa donde se acomodan adornos, juguetes y peluches. Completan la decoración una cama de dos plazas, una vieja televisión, electrodomésticos y uno que otro mueble. Todo regalado, acota Enrique.  Un espacio acogedor, pese a todo. Afuera, un pequeño camino en pendiente que lleva a la línea del tren y a un costado, también en desnivel, un espacio con intenciones de jardín.

A la entrada del “ruco” un dibujo y letras en mayúsculas advierten: “Toke la bocina”. Enrique está con Celeste, su pareja. Ella vive en la zona sur de Talca, pero lo visita regularmente. Comparten un sándwich con Coca Cola. Me ofrecen un vaso de bebida. “Este es el ‘Guatón”, explica Enrique cuando un perro entra meneando la cola. Lo llama y le ofrece la mitad del pan. “Guatón” se lo lleva.

Celeste también consume droga. Tiene una hija de tres años. Ambos vienen de relaciones fallidas. Enrique tuvo familia y casa en el barrio norte. Pero las cosas  no salieron como esperaba y se fue. El 20 de octubre del año pasado, el mismo día de su cumpleaños, se incendió el cuarto. “Un cortocircuito”, dice sobre las causas sin entrar en más detalles. Lo volvió a levantar y hoy luce como luce.

Enrique admite que roba en los supermercados. Cosas chicas, para comer. A ambos les gustaría dejar la droga. Y tener un trabajo. Y una casa propia. Salir de debajo de la pasarela. La mamá de Enrique trabaja en la mantención de plazas y, se ilusiona su hijo, puede que por ahí tenga alguna opción. Un día lo visitó gente de la municipalidad para actualizar su ficha social. Pero enrique no tiene ficha. Y sin ficha no puede postular a ningún beneficio, menos a una casa. “No he hecho ese trámite…Yo estoy acostumbrado acá, pero si tuviera la oportunidad de una casa…me iría”. Celeste tiene una libreta de ahorro para la vivienda. “Algún día vamos a salir de acá”, dice convencida.

ROSARIO Y JULIO 

Antes de emocionarse, Rosario cuenta que lleva tres años en la calle. Viene de Arica, igual que Julio. En el norte tenía un trabajo, pero lo dejó. Y sin trabajo no pudo pagar el arriendo y se fue a la calle. Debe ser más complicado, pero es lo que alcanza a contar o lo que quiere contar.

Rosario se vino primero. Llegó a Pellines con la intención de dejar la calle. Seis meses después se juntó con Julio. Rosario lo vino a buscar a Talca.

Julio tiene 51 años. Rosario, 60. Mientras estaba en Pellines a Julio le ofrecieron trabajo en Talca. Se vino, pero al llegar la oferta quedó en nada. Recorrió la ciudad. Durmió en la Alameda. Hasta que conoció a Enrique y le pidió ocupar la bodega que tenía justo enfrente de su ruco. Así fue como se convirtieron en vecinos. Rosario se vino de Pellines. Están ahí hace casi dos meses.

Julio estudió gastronomía. Tiene el título de chef. También tiene licencia de conducir. Pero no ha podido encontrar trabajo. Dice que si encontrara pega todo sería mejor. Podría dejar la calle. “He tratado de salir de la calle, pero soy un poco soberbio”. Al igual que Rosario, Julio cuenta la historia a fogonazos, con elipsis que le permitan llegar a un “happy end”.

Rosario reconoce que ha tomado malas decisiones. ¿Qué ayuda necesita?, le pregunto. “Trabajo…trabajo…”, responde y se emociona. ¿Qué pasa Rosario? “Es que mira… pienso en las condiciones en que estamos…”, dice recostada sobre un colchón, o al menos eso parece. Rosario no puede seguir hablando.

GALERÍA DE FOTOS

Enrique juega con el “Guatón”. Admite que consume drogas. Pero le gustaría dejarlas, al igual que la calle y el robo en supermercados. Solo pide la oportunidad de un trabajo.

Mucho ingenio ha utilizado Julio para construir su ruco. Un timbre-bocina, trozos de madera, planchas de pizarreño. Todo sirve.

Las personas transitan por la pasarela sin prestar demasiada atención al ruco. El ruido de la gente, de los autos y el tren, es parte de la vida diario de Enrique.

En el interior una base de la pasarela hace las veces de repisa donde se acomodan adornos, juguetes y peluches.

Una vieja televisión, electrodomésticos y uno que otro mueble completan la decoración.

Enrique ha arreglado a pulso el lugar. A un costado, en desnivel, un espacio con intenciones de jardín.

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