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Tiempo y distancia

En esa época lo que ocurría no necesariamente pasaba a ser parte de la historia oficial. Dependía de tus padres, de si preferían discutir en la pieza, tarde, cuando los hijos hace rato dormían con las tareas listas y los zapatos lustrados. O de si se tiraban los platos en la cocina a vista y paciencia de todos, sin importarles los vecinos, incluso disfrutando de los golpecitos en la pared. Dependía del discurso de tu papá cuando descubría un rojo en artes plásticas, o del llanto de tu madre cuando le levantabas la voz porque te pedía explicaciones por llegar a las doce y no a las once.

Te acostumbras a mentir con naturalidad, como si todo error fuera apenas una pausa sin consecuencias, sin aprendizaje. Todo está bien, para qué complicarse la vida. Todo es relativo.

Para qué preocuparse de si usaste o no condón esa noche en la playa, medio borracho, medio virgen, estúpidamente ignorante. Un adolescente de padres que barrían debajo de la alfombra, de perfil bajo que creía que todo se solucionaba pasando desapercibido.

Y si te he visto no me acuerdo. Fácil. Qué importa, total, si nunca había visto a la mina y nunca la volvería a ver. Si con suerte recordarían sus nombres o sus apodos.

¿Y si ella quedó embarazada? ¿Y si volvió a buscarme? ¿Y si abortó? ¿Y si lo crió sola? ¿Y si fui papá y nunca me enteré? Cosas que pasan. Todo sigue tal cual, el tiempo es implacable. Con suerte todo se olvida.

Hasta que te pones nostálgico, ya cuarentón, con esposa y un hijo, y te acuerdas de esa noche en la playa y te prometes que conversarás con el cabro chico cuando cumpla quince o antes, en estos tiempos de tanta precocidad no hay que confiarse.

Entonces se me ocurre interrumpirlo y le digo: «¿Y has pensado cuánta plata te ahorraste en pensión alimenticia, López? Afortunadamente estaba con varias cervezas en el cuerpo y no se lo tomó en serio. Y tampoco se acordaría del incidente, como siempre cuando se nos pasaban las copas en el tercer tiempo.

Estoy seguro que López, tan escrupuloso, tan correcto, hubiera pagado pensión alimenticia. Si hoy se acuerda y se bajonea con algo que ni siquiera tiene certeza que ocurrió, es porque es un tipo que aprendió a porrazos, que no quiere barrer bajo la alfombra.

Yo llegué a un acuerdo amistoso. Lucía aceptó administrar el departamento y quedarse con el arriendo. El hipotecario lo sigo pagando puntualmente. Y cuando le falta, especialmente en pandemia, le deposito.

Ninguno de los dos se planteó llegar a tribunales. Tampoco firmar el divorcio. Con la distancia, pensamos, sería suficiente.

Y parece que funciona.

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