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«Tradiciones ancestrales del campo chileno» por Jorge Valderrama

Mezcla de costumbres españolas y precolombinas, la cultura chilena se ha ido entrelazando hebra a hebra en el transcurso de las centurias, emergiendo con fuerza cada septiembre, especialmente en las zonas campesinas, pero también en las ciudades con sus peñas folclóricas, ramadas, volantinadas y ferias costumbristas (Jorge Valderrama Gutiérrez)

Cuadro La Zamacueca. Óleo sobre tela de Manuel Antonio Caro, que se encuentra en la colección de la Presidencia de la República de Chile.

Históricamente, la zona central del país ha sido considerada la tierra del huaso y nervio de Chile. Ese personaje y su caballo son la nota más típica y expresiva del paisaje vernáculo, al igual que un valioso reservorio de tradiciones ancestrales que se cobijan tanto en la zona costera del Maule, como en sus valles y precordillera, donde sus habitantes se niegan a ser avasallados por la desidia social y el avance de la globalización.

EL CLÁSICO RODEO Y LA RAYUELA

Los primeros vestigios del rodeo en Chile datan del siglo XVI -período de la Conquista-cuando surgió la necesidad de contar los animales, por lo cual el Gobernador García Hurtado de Mendoza (1557 a 1561) -considerando que en aquella época los campos no estaban cercados- ordenó que cada 24 y 25 de julio, fiesta del apóstol Santiago, se arreara el ganado hasta la Plaza de Armas de esa ciudad para contarlo, marcarlo y seleccionarlo. Posteriormente, la fecha se cambió para el 7 de octubre, día de San Marcos, pero el escenario continuó siendo el mismo, aun cuando la labor de traslado la hacían jinetes expertos en caballos extraordinariamente amaestrados. A fines del siglo XVII se comenzó a reglamentar su arreo, la pista se tornó rectangular y los jinetes debían demostrar sus habilidades apartando y conduciendo las reses sin ayuda, hasta que en 1860 se impuso la medialuna que dio paso a la actual circunferencia que lo caracteriza. Considerado deporte nacional el 10 de enero de 1962 por el Consejo Nacional de Deporte y Comité Olímpico de Chile, en la actualidad existen voces disidentes que exigen su desaparición. Casi conjuntamente con el rodeo también surgieron las topeaduras, consistentes en feroces embestidas de dos o más jinetes en sus cabalgaduras, que quizás rememoran el ancestro guerrero de quienes se batieron a pecho de sus caballos con sus enemigos en tiempos pasados; sin dejar de mencionar las carreras de caballos, el manejo de la rienda, las laceaduras y domaduras.

De igual forma, en la época de la Colonia se consolidó en Chile el tradicional juego de la rayuela, que tiene su origen en los pueblos del Mediterráneo. Por ello, al llegar los conquistadores a estas latitudes rápidamente fue adoptado por mestizos y criollos, quienes lo perfeccionaron incorporándole un cuadrado de arcilla con una lienza tensada en el medio, para que se incrustaran los tejos circulares de fierro. Considerado un deporte nacional, consiste en lanzar desde una distancia de 14 metros, un tejo metálico circular de poco más de un kilo de peso sobre una caja inclinada de 1×1 metro, intentando quedar lo más cerca de la línea o bien lograr una “quemada”. En las zonas rurales del Maule se practica durante todo el año, y en ciudades como Curicó, Linares, Cauquenes y Talca -además de otras- existen numerosas personas agrupadas en clubes que compiten en torneos nacionales. En 1948 el Presidente de la República Gabriel González Videla lo declaró Deporte Nacional Recreativo, y recientemente el Gobierno lo ratificó como un símbolo cultural y patrimonial de la nación, decretando que cada 19 de julio se deberá celebrar el Día de la Rayuela.

DANZA, PAISAJES Y CARRETAS

Las expresiones musicales y folclóricas más representativas de la zona central son la tonada y la cueca, herencia de la influencia española arraigada también en territorio maulino, cuyos sones al viento hacen ondear pañuelos y los coloridos vestidos de las chinas durante el Mes de la Patria. La primera es considerada la canción campesina por excelencia, en tanto que, en relación a la última, se ha establecido su origen arábigo-andaluz, imponiéndose durante la Colonia en elegantes salones y rústicas ramadas. En dicha danza, el hombre intenta reproducir los movimientos de un gallo que corteja a una gallina representada por la mujer, quien se muestra esquiva, defensiva y recatada. Bailada desde 1824, en 1839 se convirtió en danza nacional, hasta que el Decreto Supremo N° 23 del 18 de septiembre de 1979 la declaró oficialmente como Baile Nacional de Chile. En el Maule también se baila la mazamorra, danza coreográfica que representa a dos gavilanes que rodean a una paloma, cuyo origen y real significación se perdieron en el tiempo. Otro baile es el pequén, que se extiende desde Colchagua hasta Chiloé, donde tiene diferentes interpretaciones. En el caso de la zona central existe el Pequén Gañán y en Chiloé el Pequén Campesino, ambos con similitudes en pasos y movimiento. Curiosamente, al igual que en la cueca, la pareja de bailarines imita una ave, que en este caso es un pequén (especie de lechuza abundante en la zona de Villa Prat, entre otras, y que hasta 1900 se llamó Villa Pequén). Y desde La Serena a Concepción aún se baila El Sombrerito, el cual para practicarlo es imprescindible usar sombrero (de ahí el nombre), el que hábilmente los bailarines toman, colocan en el suelo, lo levantan secuencialmente y lo agitan.

Asimismo, en la zona de Vichuquén, Iloca, Vilches, Los Queñes, Chanco, entre otras, aún pueden verse tradicionales carretas tiradas por bueyes que, serpenteando por estrechos caminos, van esquivando riscos y quebradas para trasladar sus productos: madera, cochayuyo, hortalizas, carbón de espino y aromáticos racimos de uva en época de vendimia. Además del yugo, la vara y el chirriar de sus rústicas ruedas, los hábiles carreteros van esparciendo sus características y ancestrales interjecciones: “Té, té, tizaaa… ¡Florío, Moscardón, Cóndoro, chiiist!”.

Como en una postal del pasado, en sus valles se puede ver cómo las ágiles manos de las vendimiadoras despojan de los viñedos los recargados racimos de uvas doradas y renegridas, lanzándolos a voluminosos canastos que se almacenan en lagares. Igualmente, la trilla a yegua suelta es una antigua tradición campesina que consiste en emplear caballos y yeguas para que pisoteen las gavillas, con el propósito de separar la paja del grano. Se practica en todo el territorio que comprende la Región del Maule, destacándose -especialmente- como epicentros de esa actividad las localidades de Pelluhue y Chovellén. Actualmente, con el auge de programas televisivos que promueven la gastronomía en general, se ha acentuado la demanda de la cocina criolla y sus platos más emblemáticos, como el caldillo de congrio, las cazuelas (de vacuno, cordero, pavo, cerdo o ave), los porotos, las prietas, perniles, arrollados, conejo escabechado, charquicán, perdices asadas y las infaltables empanadas (idealmente cocinadas en horno de barro). En ese contexto, el asado –cocinado con leña y acompañado con papas cocidas y pebre cuchareado- no puede llevarse a cabo sin una vasta variedad de vinos en cuya producción la región es pródiga, al igual que en la preparación de arrollados talquinos, tortas curicanas, asado al palo, mote con huesillos, vinos cauqueninos, empanadas de San Clemente, quesos de Chanco, longanizas de Parral y un universo de exquisiteces que configuran parte de las numerosas tradiciones y sabores del campo chileno.

MISA Y CHINGANAS 

La Misa a la Chilena es una derivación criolla del Te Deum (“a ti Dios”, en latín) o Acción de Gracias, cuyos orígenes se remontan a la primera mitad del siglo IV. Ésta, sin embargo, es de más corta data, ya que probablemente nació durante el período de la Guerra de la Independencia (1810-1818), realizándose en ocasiones especiales con el propósito de resaltar el folklore campesino y popular inserto en el rito católico. Asimismo, la Misa a la Chilena se asocia al Aniversario de las Glorias del Ejército, Fiestas Costumbristas, conmemoración de algún acontecimiento histórico u otras.

Así también, las primeras chinganas eran lugares de entretenimiento con las que el bajo pueblo festejaba los días festivos, fiestas religiosas, rodeos, trillas, vendimias, matrimonios y Pascua, lo que era mal visto por los miembros de la alta sociedad. Después de la Declaración de Independencia, las fondas (que además servían de hospedaje) y ramadas (propias del mundo rural) se transformaron en genuinas manifestaciones del fervor patriótico, multiplicándose rápidamente por las diferentes ciudades, levantadas con palos, ramas de palmera, pino, totora y adornos envueltos con música, bailes, vino y alimento, a cuya inauguración asistían -tal cual hoy- las principales autoridades del país.

DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA

¿Por qué se celebra el 18 de septiembre como Día de la Independencia Nacional? Equivocadamente, porque en esa fecha se constituyó la Primera Junta Gubernativa del Reino o Primera Junta Nacional de Gobierno, cuyo objetivo principal era gobernar en nombre del monarca español Fernando VII, mientras permaneciera prisionero de Napoleón en Europa, pero jamás se consideró la idea de emancipación. Tras la Declaración, Proclamación y Jura de la Independencia de Chile en Talca, el viernes 12 de febrero de 1818, el Senado Consulto decretó fiesta ordinaria ese día a contar de 1821. Y tras la caída de O’Higgins, en sesión del 5 de septiembre de 1823 se dictó la ley que fijó el 18 de septiembre como fecha de la Jura de la Independencia. No obstante, desde el 9 de febrero de 1821 hasta 1837, el 12 de febrero fue feriado nacional, hasta que el 8 de febrero de 1837 se hizo desaparecer del recuerdo nacional al ser desplazado por el 18 de septiembre de 1810 mediante un Decreto del Ministerio del Interior -con las rúbricas del Presidente de la República José Joaquín Prieto y su Ministro del Interior Diego Portales- que redujo esa conmemoración a 21 salvas de cañonazos y repique de campanas. De esa manera se eliminó dicho festejo, y quedó sólo el 18 de septiembre.

Llegada del Presidente Prieto a la Pampilla. Óleo sobre tela de Juan Mauricio Rugendas que se exhibe en el Museo Nacional de Bellas Artes.
Cuadro El Rodeo, óleo sobre lienzo de Hernán Martínez Castro (oriundo de Chanco). En Artelista, colección particular.
Huasos Chilenos. Obra pintada por Rugendas a su paso por chile. Colección Michel Graham-Stewart.
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