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«Un camión de madera pintado con colores chillones…» por Jorge Valderrama

He aquí una nostálgica reminiscencia vivenciada por el articulista; una historia verídica, acontecida allá por 1963; pretérito cada vez más distante, y que en alguna medida da cuenta del verdadero Espíritu Navideño que con el paso de Cronos se ha ido perdiendo; de ése del que muchos psicólogos, sociólogos, psiquiatras y otros profesionales, tanto hablan en estas festividades… sin que jamás se sepa si lo que cuestionan lo practica (por Jorge Valderrama Gutiérrez)

En Un Cuento de Navidad -de Charles Dickens-, Scrooge es un anciano avaro y explotador que es visitado por el fantasma de su antiguo socio, Jacob Marley, y luego por los fantasmas de la Navidad pasada, presente y futura. Museo Charles Dickens, en Inglaterra.

Navidad. Destilar de perturbadoras manías por comprar, obsequiar, esculpir surrealistas encuentros familiares, fotografiarse alrededor de un pino rutilante y temblar con íntimos presentimientos. Navidad. Misa del Gallo en una parroquia de barrio, casas henchidas de luz y mesas plenas de exquisiteces (algunas) o de minutas franciscanas (otras). Navidad, para Occidente Cristiano, es la alegórica detonación de muchas esperanzas humanas recluidas todo un año en mentes y corazones; porque como nunca, en Navidad se capturan evocaciones del Giotto, Velásquez, Tiziano, suspendidas en la memoria colectiva. Navidad: milagroso nacimiento venerado aún en este milenio de inusitada fibra tecnológica.

En ese contexto, Ebenezer Scrooge, el genial personaje anciano, avaro, insensible, amargado, rencoroso, mezquino, egoísta y malhumorado creado por Charles Dickens en 1843, ha cruzado y cruzará todas las barreras temporales y espaciales de este planeta, al igual que los cielos de sus territorios, emocionándonos, cautivándonos. Mucho más que si hubiese sido un ser de carne y hueso. Porque, en verdad, no son pocos los “Ebenezer” que hay en el mundo… y lo que encarna. Podemos llamarles operadores políticos, artífices del engaño, empresarios coludidos, jueces corruptos, profesores poco comprometidos, religiosos hipócritas, etc. Sin embargo, ¿qué tienen que ver esas apreciaciones subjetivas, unilaterales y cuestionables del articulista con el tema que desea abordar? Posiblemente muy poco… quizás se mencionan solo para introducir la siguiente historia real.

ÉPOCA DE RESTRICCIONES

Fue hace mucho tiempo. Por allá por 1963, creo. Entonces las navidades eran algo diferentes a las actuales (bastante distantes, en verdad).  A la sazón, mi padre era un obrero especializado del Servicio de Equipos Agrícolas Mecanizados -SEAM- de la Corporación de Fomento -CORFO- en la ciudad de Curicó, donde había nacido varios lustros atrás.

Su trabajo era el de operador especializado de tractores Bulldozer, de esos que poseen una enorme pala mecánica delantera y orugas en vez de ruedas, empleado preferentemente para delinear caminos en los terrenos más abruptos, arrancar troncos y nivelar terrenos, entre otras cosas. Y cuando la empresa se trasladó a Talca, en 1957, se vino a residir a ella con toda su familia. De esa manera, junto a mi madre y mis 3 hermanos -el quinto nacería en dicha ciudad, años después- en 1960 adquirió una de las viviendas de la recién entregada Población Astaburuaga, construida por la Corporación de la Vivienda -CORVI- y emplazada al final de la ciudad hacia el norte, cerca del otrora Barrio Pampino, La Pampa, Camino de Cintura o de Lircay, vecina a su famosa ermita de la virgen, cuya luz se divisaba desde lejos, y era la guía que protegía de malos espíritus -especialmente chonchones y la Calchona– a comerciantes y viajeros que se acercaban a Talca.

Mis padres estaban “acostumbrados” a los rigores de la vida, no temían a los embates de la pobreza que en ocasiones los volteaban; sembraban tanto en rigurosas tormentas como en días de bonanza, al punto que cosechaban hasta en lo yerto. En aquellos años el SEAM se encontraba en las calles 3 Norte entre 4 y 5 Oriente, en un inmenso galpón que hasta poco después del fatídico terremoto de 1928, había sido el terminal donde se guardaban los tranvías a tracción eléctrica del recorrido San Luis- Matadero-Estadio.

Posteriormente se situaría en un terreno de la Carretera Panamericana a la altura del puente Piduco, lado sur, donde existió un bello y oxigenante bosquecillo hoy desaparecido. Recuerdo que a los 19 años trabajé en el SEAM durante los meses de verano para ayudar a costear mis estudios de Pedagogía en Artes Plásticas en la Universidad de Chile, sede Talca. En ocasiones, aun me veo allí con mi overol de obrero, la infaltable escoba, los tambores para desechar aceites usados, las pilas de aserrín para “secar” las manchas de petróleo, y un tractor con rampla que conducía con orgullosa vanidad juvenil.

AUSTEROS REGALOS 

Bueno, en la Navidad de aquel 1963 recién había cumplido 11 años, y con mis hermanos nos aprestábamos a disfrutar de la fiesta de la empresa. Todos con tenidas nuevas. Todos con las ventanas de los sueños abiertas de par en par. ¡Aún evoco cuando llegamos al luminoso y ornado lugar! Al fondo, un gigantesco Árbol de Pascua del que pendían cientos de juguetes en miniatura (era lo que se estilaba en aquel entonces): aviones, autitos, soldados, pistolas, muñecas, cocinitas, camiones, héroes infantiles de entonces y un sinfín de otros. Profusamente iluminado, lucía las infaltables guirnaldas, adornos varios, trozos de albo algodón simulando nieve, poseía en su cenit la Estrella de Belén. Pletórico de motivos navideños, se sustentaba en un enorme tambor -que antes había contenido combustible para alimentar algunas de las máquinas del servicio-, forrado en vistoso papel plateado o de regalo para simular su tosquedad,

Entonces, qué placer experimentábamos cuando, a cierta hora, nos permitían sacar aquellos pequeños juguetes -realmente “mágicos” para nuestras mentes de niños- para divertirnos e interactuar con ellos y con otros niños y niñas. Debo reconocer que, disimuladamente, me echaba a los bolsillos la mayor cantidad posible: ¡para llevármelos! Igualmente, allí, justo en la base, estaba esparcido el tesoro por el cual habíamos esperado durante meses, oculto tras coloridos envoltorios con motivos navideños: los regalos. Sin embargo, para los obreros y la empresa en general, aquel había sido un mal año. Por ello, se vieron obligados a prescindir del pago de la cuota correspondiente, que siempre les había permitido entregar a sus hijos e hijas juguetes creativos y de calidad… y limitarse a fabricar con madera los que cada cual pudiera.

Llegó el momento de la entrega. Vi que los que recibían los demás niños y niñas… eran decepcionantes: carretillas toscamente pintadas, o ruedas con palito para hacerla avanzar, cabezas de caballos hechas con palos de escoba (sin montura). Además de ollas, sartenes de madera y cochecitos para muñecas. Ya no tenía uñas cuando me tocó el turno. Rasgué rápidamente el envoltorio de papel y ante mis ojos apareció un tosco camión de madera pintado con colores chillones. Miré a mi padre. Su rostro lucía turbado. No sonreía. Mi madre estaba a su lado. A mis 11 años, como si un relámpago hubiese rasgado mi “inocencia”, comprendí que aquel año había sido de “vacas flacas” para mi progenitor, quien fabricó, con sus manos de obrero, aquellos juguetes que recibimos sus hijos aquella tarde-noche. Lo abracé y esbocé un “qué lindo. Gracias. Me gusta mucho”. Mi hermano menor, por cierto, no estaba tan a gusto con el suyo: un palo pintado con una rueda en su extremo inferior. Mis hermanas comenzaron a jugar con un tosco cochecito de madera y no recuerdo qué más. Terminó la fiesta. Regresamos desenrollando las cuadras que nos separaban del hogar. Al día siguiente saqué mi camión y comencé a trasladar material junto a otros niños. Así se fue aquella Navidad de 1963… pero no de mis recuerdos.

EPÍLOGO

Ese día terminó mi niñez y pasé a ser un “pequeño” hombrecito que con resiliencia recibió una de las primeras bofetadas de la vida: la pobreza. Sin que nunca me haya dejado desencantar por la Navidad y su manido espíritu… el que en realidad mora al interior de cada uno de nosotros. Como Ebenezer Scrooge: cambió mi visión simplista a través de conocer el verdadero espíritu de Navidad.

 

Dos grabados para Un Cuento de Navidad en los que aparece Ebenezer Scrooge, el genial personaje anciano, avaro, insensible, amargado, rencoroso, mezquino, egoísta y malhumorado, creado por Charles Dickens en 1843. Ilustraciones que se encuentran en el Museo Charles Dickens, en Inglaterra.

Las navidades de hace más de sesenta años eran bastante diferentes a las actuales, manteniéndose su espíritu y algunas tradiciones e íconos consuetudinarios: el Árbol de Pascua, Papá Noel -o Viejo de Pascua-, los Reyes Magos, los renos y la Estrella de Belén, entre otros. En la imagen, juguetes de antaño.

 

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